Hecho por Santiago Castillo, Juan Segundo Contreras, Dante Monges, Santiago Castañares y Damian Cabrera
En esta ocasión, tenemos la oportunidad de entrevistar a una albertina egresada de nuestra ciudad, quien actualmente reside en Estados Unidos. A lo largo de esta entrevista, nos compartirá su experiencia de vida y reflexionaremos sobre el proceso de adaptación que implica enfrentarse a una nueva cultura, cambiar de paradigma laboral y comenzar una vida en otro país.
—¿Cómo fue el proceso de adaptarte a vivir en Estados Unidos y construir un nuevo círculo social?
—Al principio te sentís turista, pero con el tiempo se pone complicado cuando te das cuenta de que en realidad querés hacer tus raíces y hay cosas que sentís más a tu gusto que otras. Formar amistades fuera de Argentina es difícil. Fui muy curiosa y me pesaba el hecho de descubrir y aprender cosas nuevas. La familia de Charly fue muy cariñosa conmigo y sentí que tenía una parte de mi familia acá en Estados Unidos; eso hizo que las cosas se me hagan más fáciles.
—¿Cuáles fueron las razones por las que decidiste mudarte y qué diferencias encontraste?
—Cada lugar tiene lo bueno y lo malo. En algún momento había cosas que no me convencían de Argentina. Cuando me mudé en el 2010, vivía en Buenos Aires, estaba cansada de vivir en la gran ciudad, las calles estaban cortadas mucho tiempo, tardaba un montón en volver a mi casa en colectivo... Estaba buscando un cambio. En ese sentido, te mudás a un lugar más organizado y ves que está bueno eso también. Por otro lado, está el extrañar tus sabores: aunque exista la misma comida, no es el mismo sabor que la de casa. Ciertas cosas sociales como la música, juntarte con amigos con otra espontaneidad, sin duda es muy diferente. El argentino es bastante más abierto, espontáneo y prioriza mucho esa parte social. Acá también es importante, pero a veces es todo muy programado.
—¿A qué edad te fuiste?
—Cuando me mudé acá no era tan chica, fue después de haber terminado mi carrera, de haber trabajado ahí un par de años y de haber cerrado ciertas etapas que sentía importantes para mí. Si bien no fue algo tan planeado, lo hice en el momento justo para hacer un gran cambio. Tenía aproximadamente 27 años, una edad en la que me replanteaba el paso siguiente, qué venía después de la facultad y dónde quería vivir. Me estaba haciendo esas preguntas cuando surgió la oportunidad de mudarnos.
—¿Tu decisión fue fácil de concretar o entendías que había momentos para cada cosa?
—Siempre tuve claro que me gustaba viajar y cerrar metas. Fui bastante consciente de que había edades ideales para todo, y con el tiempo me di cuenta de que era verdad. El tiempo de estudiar, de prepararme y de hacer un montón de cosas... Si lo postergaba por viajar no hubiese estado tan bueno. Capaz después me hubiese costado retomar o no lo hubiese terminado. Por eso está bueno que uno tenga distintos intereses y poder entender cuándo son los momentos para cada cosa.
—¿Qué Extrañás Alberti?
—¿Qué extraño de Alberti? Extraño mi familia, los olores, los sonidos... El hecho de que es una ciudad chica y siempre te sentís parte de una gran familia. A veces no soy consciente de muchas cosas cuando salgo a la calle porque siento que estoy entre conocidos y que las distancias son cortas. Extraño eso de no tener que pensar tanto en cuánto tiempo me lleva ir de un lugar a otro; acá las distancias son otras y tenés que pensarlo mucho, porque si te olvidaste algo en tu casa no podés volver a buscarlo como si nada por el tránsito. Otra cosa es tener cerca comercios como una panadería, una verdulería, una carnicería... Acá no existen, tenés que ir más lejos a un supermercado grande que tiene de todo pero es un trato despersonalizado. A mí me gusta esa cotidianidad de quien te conoce, sentir que es algo especial, las charlas con alguien que conozco y, en definitiva, un estilo de vida más tranquilo.
—¿Y con respecto a tu trabajo y tu desarrollo profesional allá?
—Nunca me imaginé lo que me iba a costar desenvolverme y lograr que me respeten profesionalmente. Tuve que aprender un montón de cosas nuevas y transitar muchas situaciones: desde llegar y estar casi un año tratando de conocer gente, haciendo mi currículum y viendo cómo era el formato en otro idioma, hasta buscar la forma de escribirle a personas para tomar un café y conseguir trabajo, todo en medio de una recesión donde estaban echando a mucha gente. Mi primer trabajo fue empezar de cero, a pesar de ya tener experiencia en Argentina. Tuve que aprender programas nuevos de computación y cambiar mi forma de ver la arquitectura, porque el sistema constructivo usa otros materiales y las medidas pasan de centímetros y metros a pulgadas y pies. Con el tiempo fui poniéndome al nivel de los demás, superando barreras del idioma hasta que pasan los años y te manejás con mayor fluidez. A pesar de todo nunca bajé los brazos y seguí firme... Hasta logré que me dieran un premio como Mujer de Innovación en la Arquitectura en todo Oregón, de lo cual siento un gran orgullo porque, sabiendo de dónde vengo y por lo que tuve que pasar, ahora estoy establecida y formo parte de los directivos de la empresa donde trabajo.
Al final de la entrevista, destacó que adaptarse a un nuevo país implica un proceso profundo que va mucho más allá de lo cotidiano. "Eso es parte de una gran adaptación: no es solo adaptarte a la comida o a la parte social, sino cómo te adaptás cuando hiciste toda una carrera de siete años, te preparaste para una cosa y de repente te das cuenta de que todo te sirve pero tenés que adaptarte un montón a las reglas del lugar. Eso es una parte importante cuando uno piensa en mudarse: cómo se traslada la carrera de uno a otro país."
Aunque la distancia impone nuevos ritmos y desafíos, su historia demuestra que, sin importar lo lejos que se llegue ni los obstáculos del camino, el esfuerzo, la preparación y el orgullo por las propias raíces siguen siendo la base para construir un futuro en cualquier parte del mundo.

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